¿Y si todas las mañanas tuviéramos ganas de levantarnos y comenzar el día?
No hace falta decirlo: agotamiento, irritación y bostezos interminables son señales de que te falta descanso. En una sociedad acelerada como la nuestra, resulta fácil hacer como si no fuera necesario detenerse: si en lugar de dormir hacemos todo el trabajo y, además, nos felicitan por nuestro esfuerzo, ¿para qué querríamos descansar?
Esta aceleración hace que descuidemos un aspecto importantísimo de nuestra salud y bienestar: dormir bien. No solo nos da más energía para decidir mejor, sino que el sueño también es un momento en el que:
- Se recuperan los órganos internos: se reconstruye el tejido, crecen los músculos y se forman las proteínas.
- Se liberan hormonas que regulan el hambre, el estrés, y el metabolismo.
- Se consolidan los recuerdos: indispensable para incorporar nuevos conocimientos.
- Se fortalece el sistema inmunológico.
Las consecuencias de un descanso deficiente están muy estudiadas. ¡Atención!
Es más fácil subir de peso. La hormona leptina produce la sensación de saciedad. Esta hormona se reduce cuando no se descansa bien. Si esta hormona no se activa… ¡siempre tenés hambre!
Nos volvemos más vulnerables. Dormir mal aumenta el estrés, y entonces el sistema inmune (tu ejército interior que se ocupa de que ningún agente patógeno ingrese a tu organismo) no funciona bien.
Aumenta el riesgo de accidentes. El agotamiento físico y mental te vuelve más susceptible a lastimarte sin querer: cortarte en la cocina, dormirte mientras manejás, o distraerte.
Empeora nuestro rendimiento. La actividad cerebral disminuye notablemente como consecuencia de la falta de sueño. La nueva info rmación no se almacena bien y prevalecen emociones como irritación, ansiedad y enojo.
La cantidad de horas de sueño recomendada varía según la persona y su edad. Si tenés más de 18 años, probá durmiendo entre siete y nueve horas. Es aconsejable irse a dormir y despertarse siempre a la misma hora: cuando pase el tiempo, tu mente va a incorporar este hábito y posiblemente te despiertes antes de que suene la alarma.
Podés experimentar con la alimentación: registrá qué ocurre cuando te vas a dormir con la panza muy llena, o muy vacía. Cuando descanses bien, prestá atención a qué comiste o tomaste la noche anterior. Reducir la ingesta de café y otros estimulantes puede ser una gran ayuda.
Oscurecé y silenciá la habitación lo más posible, dejá el celu y la pantalla al menos una hora antes de cerrar los ojos, y practicá un ejercicio de respiración que te invite a encontrar la calma. ¡Buenas noches!