Wednesday, January 4, 2017

Las semanas después de las fiestas.



Nos pasa a todos: en casa quedó pan dulce, galletitas de jengibre, algunas almendras con chocolate, pionono que trajo la tía... Y sí: ¿cómo hago para volver de los desarreglos?

Lo que pasa en tu cuerpo es bastante sencillo: tu cerebro, que (en la mayor parte de los casos) está programado para tentarse con azúcar, harinas y alimentos procesados, se olvidó en estas semanas de lo bien que se sentía con alimentos saludables, y te pide más, más y más de esos que le resultan "cómodos" y que remiten a experiencias pasadas asociadas a la felicidad: las fiestas de tu infancia, la celebración en familia, y todos esos momentos en los que nos parece que está bien "permitirnos comer mal".

¿Por dónde empezamos?

Primero asegurate de tener opciones saludables pero sobre todo ricas y tentadoras. Una opción puede ser helados de frutas naturales (que podés hacer vos, congelando la fruta y procesándola con la minipimer), o también ingredientes que disfrutes incorporar en las ensaladas (como por ejemplo palta, nueces, tomates secos, aceitunas). La idea no es salir de la época festiva pensando "ahora vuelvo a comer cosas aburridas", sino tentarte con cosas ricas que además te van a dar energía.

Segundo: ¡a caminar! Acá en Argentina tenemos la suerte de estar en verano. Qué mejor que salir a la noche a dar una vuelta, volver caminando de los encuentros con amigos, y sumar ratitos de actividad física donde sea que encuentres un espacio. El metabolismo se acelera y sin darte cuenta tu cuerpo se va a ir liberando del peso extra que pudiste haber acumulado en las semanas festivas.

Un recurso muy utilizado en especial con tanto calor son las aguas saborizadas naturalmente. Es re facil. En una botella con agua ponés rodajas de frutas (por ejemplo cítricos, o sandía, o manzana...), jengibre, menta, y limón. Algunas personas también le agregan pepino. Lo dejás descansar toda la noche (o unas horas, porque lo importante es que lo hagas, no que salga perfecto), y lo tomás preferentemente frío.

  • Un tip: si congelás jengibre y ponés 4 rodajas dentro de una botella de agua, como se descongela dentro de la botella aportará sabor en solo una hora. El jengibre tiene gingerol, que es muy beneficioso para el sistema digestivo, tiene propiedades antiinflamatorias y antioxidantes. Yo me llevé mi botellita a la playa.

Finalmente: si vas a comer algo de las sobras, o todavía tenés ganas de un vaso de sidra con pan dulce, acordate de estar presente con todo tu cuerpo en el momento de comerlo. Sentate, servite, brindá, pensá por qué estás celebrando. Olé lo que vas a comer antes de comerlo. Observalo, si te aporta placer hasta le podés sacar una foto y contarle a tus amigos por qué celebrás. Pero que no sea porque "no hay otra cosa", y que tampoco sea "porque estaba ahí".

Te propongo que especialmente en estos días (que son tan comerciales) elijas cada bocado, cada alimento que va a formar parte de tu cuerpo. Las marcas industriales no están pensando en tu salud, están pensando en sus ingresos. Preguntale a la tía cuánto amor le puso al pionono: y entonces sí, disfrutalo. ¡Salud!

Thursday, December 1, 2016

¿Qué hacemos con los lácteos?



A veces pensamos que un producto tiene que ser necesariamente bueno o malo para la salud. Cuando pensamos así, nos olvidamos de que todas las personas somos diferentes.

Para algunas poblaciones, los productos lácteos son una parte esencial de la alimentación desde hace muchísimos años. En cambio, otras poblaciones incorporaron los derivados de la leche de vaca hace apenas 100 años, poco más de dos generaciones. Sus cuerpos no están tan acostumbrados a incorporar lácteos.

Algunos tipos de leche, particularmente el que proviene de vacas de color blanco y negro, presentan un exceso de la proteína beta-CM-7 (una forma de caseína) que estimula las glándulas productoras de mucosa en los sistemas digestivo y respiratorio.

Las personas más sensibles a esta proteína presentan síntomas que suelen asociarse a alergias estacionales, resfríos o infecciones de oído. Los síntomas principales son la congestión y el exceso de mucosa nasal, que pueden complicarse por el frío, o los cambios bruscos de temperatura.

¿Cómo saber si es alergia? Es fácil. Se deja de consumir leche de vaca y cualquiera de sus derivados durante dos semanas. Se observa qué ocurre con los síntomas, principalmente si sigue habiendo congestión nasal o si el malestar cesó. Al día siguiente, se incorpora un vaso de leche de vaca, preferentemente por la mañana. ¿Volvieron los síntomas?

¿Qué podés hacer?
La "emulsión de agua y lípidos" que conocemos como "leche" está muy arraigada en nuestra cultura. Tanto, que a veces cuesta resistirse a una chocolatada caliente, o un café con leche.

Si observaste que los síntomas se fueron mientras no consumías leche, podés probar con lácteos que procedan de vacas Jersey o de agricultura orgánica. También podés elegir hacer preparados con semillas como almendras o alpiste, o también utilizar leche de coco. Si optás por dejar de consumir lácteos, asegurate de optimizar tu alimentación en otras áreas para no dejar de consumir vitamina D (con el sol), calcio (con las verduras de hojas verdes) y hierro (legumbres y hojas color verde oscuro). 

Fuentes y enlaces de interés:
http://articles.mercola.com/sites/articles/archive/2010/04/27/does-drinking-milk-cause-upperrespiratory-congestion.aspx
http://www.westonaprice.org/book-reviews/devil-in-the-milk-by-keith-woodford/
http://greenvivant.com/2015/06/la-choza-lacteos-respetados/

Monday, November 28, 2016

¿Qué te pone ansioso?


Primero que nada: no está mal sentir ansiedad. Lo que no está bueno es sentir algo que no te gusta sentir y no saber cómo hacer para salir adelante.

En lo particular soy (y antes era aún más) una persona muy ansiosa. Me suelo encontrar pensando qué va a pasar si pasa esto, qué va a pasar si no pasa lo otro, y así. Quizás por mi naturaleza de “seño”, como tengo que planificar tantas cosas por adelantado para estar un poco más allá de que “salga mal” o “salga bien” la actividad con los chicos, me acostumbré a tener en mente más posibilidades de las que están ocurriendo acá y ahora.

Pero, en realidad, no estoy en el aula todo el día ni todo el tiempo. No hace falta que controle todas las cosas que pasan en mi vida, ni que planifique mis sábados y domingos como lo hago con las jornadas del jardín. Acá te dejo algunas ideas (que intento usar cotidianamente) para acompañarte en tus momentos de ansiedad y tratarte con paciencia.

Bajá la velocidad. Todo se acelera cuando algo nos pone ansiosos. Nuestra respiración es el primer indicio: dejamos de respirar con la panza y pasamos a respirar con el pecho. Esto puede haber sido un mecanismo de supervivencia en otros tiempos, o incluso puede serlo ahora si alguien te ataca y creés que necesitás defenderte. Pero una fecha de examen no te ataca de verdad. Una reunión laboral, tampoco. Ni tampoco un amigo que hace mucho que no ves y vendrá a visitarte. Entonces, ¿por qué nos ponen ansiosos estas circunstancias? Porque nos olvidamos de que elegimos estar aquí (nadie impone ese examen en nosotros, ni ese trabajo, ni esa visita, más que nuestra propia elección de llevar adelante la vida que elegimos.) Concentrate en saber que lo que estás haciendo es tu decisión. Elegí estar en el momento presente lo mejor que puedas. Respirá desde la panza (como los bebés) y no desde el pecho.

Percibí tu entorno.
La mente ansiosa bloquea algunos de los estímulos que nos rodean para concentrarnos en lo que nos genera ansiedad. Esto nos desconecta del lugar donde estamos. Podés tomarte un rato y nombrar algo que puedas sentir con cada uno de tus sentidos. Si te animás, podés nombrar más de una cosa que percibas con cada uno. Por ejemplo: ¿Qué escuchás que suene alto y qué escuchás que suene bajito en este momento? ¿Qué estás tocando? ¿Qué temperatura hace? ¿Qué otra parte de tu cuerpo está percibiendo algo con el tacto? ¿Qué olores hay cerca? Conectarte con tus sentidos te va a hacer sentir presente.

Prestá atención. Sin dejar de observar tu respiración, prestá atención a la actividad que estés haciendo como si fuera la primera vez que la hacés. De hecho, es la primera vez que la hacés de este modo: si estás comiendo una naranja, por ejemplo, es la primera vez que comés esa naranja. Es diferente a todas las anteriores. Permanecer presentes en lo que elegimos hacer nos recuerda que somos responsables y tenemos control sobre nuestras decisiones. Sí, hay cosas que no podemos modificar. Pero podemos cambiar nuestra percepción de ellas.

Pensá en positivo. ¿Por qué sentís ansiedad? ¿Es por algo que no pasó, es por algo que creés que va a pasar? Si creés que va a pasar, recordá que no tiene por qué pasar. Me pasa muchísimas veces que me imagino el peor desenlace. Entonces, me llamo a mí misma a inmediatamente después imaginarme el mejor desenlace. ¿Con qué pensamiento me siento más cómoda? Si no está en mis manos hacer nada para modificar el desenlace (por ejemplo, si estoy preocupada de que alguien haya llegado o no a destino después de un viaje largo), lo único que puedo modificar es cómo me siento en esos segundos de imaginarme qué estará pasando. Entonces elijo para mí misma pensamientos positivos, que me acompañen con calma y buena predisposición. Si llega a ocurrir el desenlace negativo, sabré qué hacer al encontrarme en un estado de relajación distinto del que tendría si me hubiese puesto ansiosa.

Cambiá de posición. Si podés, acostate y mirá al cielo un rato. Si podés, además, levantá las piernas. Si estás en un lugar techado, podés acostarte con las piernas hacia arriba y simplemente observar tu respiración. Mirar las nubes o las estrellas nos permite acercarnos en forma natural a esas cosas que están tanto más allá de nuestras decisiones conscientes que nunca nos preocupamos por controlar, como el clima. Te pone en perspectiva. ¿Por qué a veces nos confundimos y pensamos que vamos a poder controlar el tiempo, o lo que hacen otras personas, o más aún: lo que sienten otras personas? Acompañate para ser paciente sobre las cosas que no podés cambiar. ¿Cómo te sentís cuando estás impaciente? Por el contrario, con paciencia vas a poder ver con mayor claridad aquello que sí podés hacer para estar mejor. La paciencia es el camino a sentirte libre.

Dejá la crítica. Además de ponernos ansiosos en relación a desenlaces que no podemos controlar, nos enojamos si algo nos sale mal, o nos molesta que no se nos haya ocurrido algo que hubiese impedido el desenlace desagradable. ¿De qué nos sirve juzgarnos? ¿Te hace sentir más o menos ansioso enojarte con vos mismo por no haber sabido resolver de otro modo? Intentá interrumpir este tipo de pensamientos. No es fácil, porque muchos aprendimos a criticar nuestras elecciones pasadas como si pudiéramos modificarlas en lugar de aprender de ellas: “¡no tendría que haber dicho esto!” “¡No tendría que haber ido!” Observá y, si querés, anotá, qué cosas podés hacer la próxima vez. En lugar de decir “¡Tendría que haberme fijado!”, decí “Es importante corroborar la hora del evento al que tengo que asistir el día anterior.” Podés ser más compasivo con tu propio aprendizaje. Pocas veces sabemos cómo resolver antes de equivocarnos.

Hacé algo productivo. Si estás ansioso por algo que te genera expectativas positivas (como un recital, un encuentro, tu cumpleaños…) podés buscar formas de que esa ansiedad se convierta en algo positivo. ¡Bailá! ¡Saltá! A mí me encanta ordenar sectores de mi casa. Cuando algo va a pasar y me pone tan contenta que vuelvo y vuelvo a imaginarme ese evento futuro en lugar de dedicarme a escribir, meditar o leer, elijo algún rincón que necesite ver ordenado y así puedo pensar en lo que va a ocurrir, fantasear positivamente al respecto. Mientras tanto no dejo que la ansiedad me impida hacer algo importante para mí, sino que la uso para algo que me beneficia. Y ordenar físicamente algo, también me ordena los pensamientos.

Te propongo que la próxima vez que sientas ansiedad uses alguna de estas ideas para sentirte mejor. ¿Cómo te sentiste?

Tuesday, November 22, 2016

Estrategias para elegir

Los ingredientes con los que un plato está elaborado, el estado en el que nos encontramos mentalmente al momento de comer y el contexto social en el que vamos a hacerlo influyen a veces más, a veces menos, en nuestras elecciones cotidianas.

Si querés elegir con mayor conciencia, es importante que puedas tener en cuenta estos factores, para anticiparte y abordarlos antes de no saber qué hacer. Sí, las tentaciones van a estar, pero: ¿por qué tengo ganas de esto? Con práctica es posible contestarse con honestidad y, entonces, decidir si seguir ese impulso o hacer una elección más saludable.

Desde lo físico.
  • Tomate el tiempo para respirar antes de comer, y conectarte con lo que estás por hacer. Pensá cómo fue el proceso de elaboración, cómo sería esto en su estado natural, si esto estaba o no en la naturaleza. 
  • Si sos un poco chef y no elaboraste lo que vas a comer, podés hasta pensar qué ingredientes usarías para hacer uno igual o parecido. 
  • Preguntate: ¿Comerías esto en cualquier momento del día? ¿Cómo creés que te vas a sentir después de comerlo, y cómo querés sentirte? 
Desde lo psicológico.
  • ¡Tentate con salud! Armá un menú lindo con algo saludable que sepas hacer. Ponelo a la vista y cuando empieces a pensar qué querés comer ese día, dale una leída. Si podés incluir fotos, mejor. Así, tu inspiración para cocinar no saldrá solamente de las publicidades que puedas haber visto, sino de lo que ya sabés que además te hace bien. 
  • Registrá cómo te sentís después de consumir algo muy promocionado pero que te hizo mal. Recordá eso que sentiste en el momento de volver a considerar consumirlo. También registrá cómo te sentís después de comer algo saludable. Escribilo como si fuera una publicidad, promocionando ese alimento mediante los beneficios que experimentaste. 
  • Intentemos que las cosas que nos hacen bien ganen visibilidad en nuestras vidas para que estén presentes a la hora de considerar opciones: en lugar de dejar todo en la heladera, poné a la vista frutas o verduras que te recuerden que están ahí. 
Desde lo social.
  • Animate a cocinar y llevar algo para compartir a una fiesta. Muchas veces pasa que pensamos que no va a gustar, o que nos van a mirar raro. Hay algunas opciones saludables (sobre todo las dulces) que se parecen visualmente a otras que ya conocemos. Por ejemplo, si hacés unas trufas crudas podés convidarlas en una fiesta sin que nadie se entere de qué son hasta no probarlas. ¡Lo más probable es que sorprendas a más de uno! 
  • Pedí que no te traigan panera, o llevate el pan para más tarde. Sí, a mí muchas veces se me complicaba decir que no la traigan, o porque el mozo ya la había traído o porque me olvidaba. Mi solución fue guardar el pan (si me tentaba) y decidir después si lo quería o no. La mayor parte de las veces, una vez que comí el plato que yo elegí ya estoy llena y el pan perdió toda relevancia. 
  • Prepará bolsitas de snacks saludables. Yo suelo mezclar frutas secas (y en invierno también pedacitos de cacao amargo) en distintas proporciones y tener varias bolsitas ziplock a mano para cada día de la semana. Entonces directamente antes de irme agarro el “pack de nutrientes” y tengo algo tentador (visual y gustativamente) que además me aporta energía real.