Es que el hambre pasa por muchos lados. Desde lo visual: colores y formas. Desde lo táctil: crujiente, blando, caliente, frío, con tenedor o con la mano, en un bowl o en un plato. Desde lo situacional: sola, con amigos, con pareja, mirando una peli o en el balcón. Y también desde la consciencia: ¿qué estaría necesitando mi cuerpo? Nutrientes, emociones y deseos se mezclan y, hasta que no doy con la combinación exacta, no suelo conformarme.
Desde lo biológico.
¿Por qué galletitas en vez de fruta? Si alguna vez probaste dejar de comer harinas y azúcares por diez días o más, probablemente sepas que los primeros tres o cuatro días suelen ser más complicados, y después, a medida que tu cuerpo se va acostumbrando, deja de ser tan difícil.
La mayor parte de las galletitas industriales, por ejemplo, contienen agregados como azúcar, grasas, sal y resaltadores del sabor a los que nos fuimos acostumbrando. Estos ingredientes generan respuestas químicas cerebrales similares a las reacciones de sustancias adictivas y, de la misma manera, no nos damos cuenta de nuestra adicción hasta que intentamos dejarlos.
Por otro lado, gran parte de los alimentos procesados carece de fibra y proteína suficiente como para hacernos sentir satisfechos. ¿Nunca te pareció que las galletitas de un paquete estaban atadas entre sí? ¿Te resulta fácil dejar un paquete de papas fritas sin terminar?
Desde lo psicológico.
Más allá de las cuestiones físicas, están las campañas de publicidad que asocian el producto que intentan promocionar con emociones placenteras como encuentro o felicidad. Últimamente, también aparecen “desafíos” a consumir el producto, o incluso a “intentar dejarlo”.
Desde mi trabajo con niños veo constantemente cómo la imagen de algún personaje de dibujo animado en un paquete de algo comestible hace que ese paquete parezca más rico que otro igual pero que no tiene el dibujo.
La disponibilidad de comida constante (en los cines, teatros, shoppings, kioscos, librerías, locutorios, puestos en las calles, y hasta farmacias) hace que sea difícil pensar en otra cosa, o incluso no tentarse a comprar algo solo porque uno lo vio en un cartel del Subte. ¿Alguna vez notaste que en casi todas las esquinas de las góndolas de supermercado hay colgando dos o tres comestibles tentadores?
Todas estas cosas, por empezar, nos distraen de la verdadera decisión: ¿qué necesitan mi cuerpo, mente y espíritu? Si no escucho lo que realmente necesito, posiblemente no pueda brindármelo y nunca termine de llenarme.
Desde lo social.
A veces la practicidad del paquete de papas nos salva de tener que ponernos a preparar o buscar lo que realmente queremos comer. O, como no hay nada saludable en la mochila, compramos algo del kiosco que tampoco nos convence para picar en el trabajo.
Otra cosa que me pasó mucho es que en la mayor parte de los restaurantes te traen la panera sin preguntar, y te ofrecen (y a veces hasta insisten) el postre.
La mayoría de bares y cafés no suelen tener opciones realmente diferentes, sino que son distintas combinaciones de los mismos ingredientes (huevo, harina y lácteo). Y, si hay otras opciones, suelen ser las más caras. Ningún bar te permite comer una fruta comprada en la verdulería en una de las mesas mientras hacés tiempo: necesitás comprar algo de lo que ofrecen.
Algo que varias personas ya me preguntaron es: ¿cómo hago cuando voy a una fiesta? Todos están tomando y vos no querés tomar… O en todas las reuniones hay galletitas, facturas, snacks o helado… Se nos confunden las ganas de ingerir o no ingerir algo con las ganas (muy válidas también) de participar, incluirnos y sentirnos parte del grupo, o incluso con las pocas ganas de dar explicaciones por lo que elegimos.
Como podés ver, somos vulnerables a todas estas variables, y sólo concentrándonos en nuestro sentir (y por qué no, permitiéndonos equivocarnos y abrazando esas experiencias), podremos saber qué es realmente bueno para nosotros en cadas momento. Te invito a percibir estos factores y descubrir por qué elegiste lo que está en tu plato.
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